SEMBLANZAS Y RELATOS CORTOS

 

Ahí van unos pequeños… ¿cómo los llamaría?, ¿relatos, imágenes, semblanzas? Los subgéneros amenazan con desterrarme de su mullido y plácido locus amoenus. Me declaro disidente de sus formas. Y declarada en rebeldía rechazan mirarme a la cara y al papel (no digamos a la red). Y caigo en la red de mi propia indefensión en libertad. Pero me gusta tanto viajar con la imaginación que nada ni nadie podrá robarme estas palabras de asueto que me permito antes de regresar a la claudicación parcial de la vida diaria. ¡Que disfrutéis!

NUBES TRANSITORIAS

                                               A José Saramago

La tarde se prometía feliz. Iba a asistir a un acto público inusual. Vería y escucharía en directo a un Nobel y nada podría impedírmelo. Con la alegría inscrita en la comisura del alma, ese resquicio intemporal a través del que se yerguen los esqueletos, me dirigí al Paraninfo de la Magdalena (antes Caballerizas del Palacio Real). No me importaron los semáforos en rojo siempre a deshora, la gente que cruzaba después de desaparecer el hombrecito verde o antes de que saliera el siguiente, el atasco del centro (en gran medida debido al buen deshacer de nuestros gobernantes), ni siquiera la imposibilidad de aparcar cerca, lo que sumado a aquella ampolla en mi pie izquierdo me daba pocas posibilidades de llegar con los tres cuartos de hora de antelación que preludiaban, pese a la espera, un buen asiento.

Hice cola estoicamente. Me lo merecía, debí haber previsto la que se iba a armar y haber salido una hora y media antes de casa. Mientras esperaba, cometí el pecado más social y nefando que conozco, meter baza en otro entierro. Alguien dijo detrás de mí: “Aquí, como siempre, unos hacemos cola y otros se cuelan. Unos con favoritismos y a otros les toca esperar. Tendrán preferencia los de Santander y los de Madrid o los matriculados en algún curso de la UIMP”. Aguijoneada por un espíritu tribal y un sentimiento de injusticia patria, tomé la palabra como quien empuña un arma, aunque una falsa sonrisa enternecía el gesto, me volví y creí resolver su dilema. “Soy de Santander y ni por esas, aquí estoy esperando como todo hijo de vecino. Un año me dijeron que los sitios delanteros estaban reservados para los familiares y amigos del ponente, para las personalidades y, yo imagino, que para los que bajo su ala están (parientes del coordinador, de los patrocinadores…)”. Ni puñetero caso me hicieron y regresé a mi postura con una aparente sonrisa que enmascaraba un pequeño y nuevo fracaso cotidiano, quizá me sonó irónica la puntualización de una de ellas: “No, si yo también soy de aquí”. ¿Piedras sobre nuestro propio tejado? ¡Cómo no las vamos a tirar así sobre los tejados extraños?

Las 7:34, las 7:45, las 7:56…, dos minutos faltaban para las ocho y aún varios grupos se encaminaban hacia la puerta intermitentemente abierta antes que yo (además de esa élite que entraba por la puerta falsa de al lado). A las ocho y cinco estaba entrando en el recinto. Ni un alfiler más cabía. Me situé junto a la puerta en el único metro cuadrado que quedaba por ocupar. Oí detrás: “¿Y ésta qué se piensa, que es transparente? No ves la tía, se cree con derecho a ocupar el sitio que hemos dejado nosotros para poder apoyarnos en la pared y así todo alcanzar a ver algo”. A pesar de mis intensas ganas de arrearle un bofetón, mi instinto pacifista -o quizá  de supervivencia- me ató la mano al bolsillo y procuré apartarme de su radio de acción de gallito cultureta. Mientras daba unos pasos de ballet a la derecha (casi en volandas transportada en el acerico de la multitud), le alcancé a escuchar (que fea costumbre esta mía de pegar la oreja donde no me llaman) con un tono de desaprobación: “Y pensar que el 80% de estas personas son votantes del PP”. Yo nunca he votado a la derecha, más por arcaicos principios que por ideales presentes, pero en su boca de pijo que no encuentra su lugar en el mundo de hoy (náuticos último modelo, vaqueros Levis Strauss, polo Burberry, chaleco Lacoste, gafas Vuarnet) aquello sonaba rancio, producto de ese escepticismo que no dan los años (era un veintiañero) sino las frustraciones que acrecienta la envidia y, por un momento, me sentí en el ojo del huracán, en el objetivo de su mira cegata, y me sentí cercana a los que podría entender como mis adversarios políticos, que lo único que le habían hecho era sentarse antes porque, la mayoría, llevaba más tiempo haciendo cola. Me mordí las uñas para no volver a meterme donde no me llamaron, sufriendo el conato de una ira que no me pertenecía a mí y que sus protagonistas por derecho propio, absortos en el evento y sordos a su música de fondo, no habían llegado a sentir. Contraria a sus mañas de niñato malcriado, reflexionaba: nunca había votado a la derecha, pero la izquierda crítica a machamartillo y de la que luego algún investigador independiente destapa alguna caca, algún… unto o corrupción me ha defraudado por mí y por los míos, los que murieron en el intento de que las urnas llegaran (¿acabaré siendo una escéptica demócrata, algo así como una atea electoral?).

Al fin logré apartarme unos centímetros, ladeada y junto a un asiento, para que en oblicuo nadie pegado a la pared pudiera quejarse de que estaba en su línea de mira, para no mediar en el punto de fuga de ningún atento espectador que buscaba la mesa sobre el entarimado del salón de actos. A eso de las ocho y diez apareció él, entre la ovación del público y con un espíritu atlético y unos movimientos juveniles se encaramó allí. Seguía llegando gente, no sé si rezagados o de la cola aún. Se fue apretando el pasillo y no volví a oír a nadie que se quejase de que se le fueran plantando delante, en medio, entre su mirada y el horizonte del escenario. Comenzó la sesión inaugural. De vez en cuando apoyaba una mano sobre el respaldo del sillón más cercano, teniendo mucho cuidado para no molestar a su ocupante (que previamente se había quejado de otra mujer que, colocada delante de mí, se arrimaba cada vez más a sus piernas -desplazada, empujada o porque sí-, reptando por el espacio entre la hilera de asientos delanteros y la de éste).

Cuando ya había comenzado la presentación, miré a mi izquierda y reconocí en un rostro a alguien a quien no conocía pero sí recordaba haber visto en una noticia de la sección provincial de cultura, en la solapa de un libro comprado en mi tierra y, a lo lejos, en el acto humanitario que una poetisa había ideado para contrarrestar los efectos del Mitch (la venta a 5.000 pts. de las composiciones poéticas o prosísticas que, quienes quisieran participar, donarían para hacer de ellas cuadros, que eran enmarcados también de modo altruista). Como digo, vi esa cara desconocida y de inmediato la reconocí, la recuperé de mi baúl de recuerdos anestesiados. La observé con sana envidia y con cierta curiosidad, ¿por qué, habiendo ganado varios premios que le ofrecieron la posibilidad de publicar sus obras, se negó a ello?, ¿falta de seguridad?, ¿afán perfeccionista?; ¿por qué, entonces, se había presentado a esos certámenes?, ¿qué generosidad o qué desinterés la movían?, ¿sería una persona tan interesante de conocer como nos imaginamos que son cuantos escriben en la oscuridad de nuestros devaneos sin fortuna con las musas?, ¿nombrarla para qué, si ella había querido permanecer oculta? Sin embargo, un impulso de íntima justicia, de devolución de un débito hacia quien atrajo mis repentinas cavilaciones y mi instantánea distracción, hizo de su cara un nombre, tan exquisito me supo como a quien paladea un sabor antiguamente gustado pero que se le esconde a la vista.

Me instalé en mi posición inicial, aunque algunas furtivas miradas regresaban a esta chica y a quienes ella miraba o sonreía, supongo que compañeros de viaje y aficiones, intentando desvelar el significado de los mínimos gestos, como si ellos me pudieran transmitir la clave de algún mundo común perdido. El presentador acababa de ceder la palabra al presentado. Yo era toda oídos, toda mirada. Desgraciadamente, a veces el esfuerzo de la expresión no se ve recompensado con el refuerzo de la memoria, vacuidad del gesto; y aquella magnífica arquitectura discursiva se iba desgranando en mi cerebro como la arena, material de derribo con que se hacen perfectas esculturas transitorias. No era el artista, no, el culpable de la vanidad de las cosas, era la materia, la naturaleza voraz y otra que nada respeta, ni ajeno ni propio.

De repente sufrí un ataque de tos que no cedía. Saqué un caramelo de mi bolso y me dispuse a quitarle el envoltorio, pero por esas bromas pesadas de la vida, el papel interior se resistía pertinaz mientras yo estaba al borde del ahogo para evitar molestar a quienes me rodeaban. El papel estaba adherido al dulce cual si llevase años como su segunda piel; por fin, me hice con la mayor parte, pegada a mis dedos como guantes de azucarado papel. Un pedacito del envoltorio había caído accidentalmente al suelo, era minúsculo pero al parecer visible para el que a mi lado estaba, que me lanzó un reprobatoria mirada de reojo en lugar de una conmiserativa por el estado de semiasfixia en que me hallaba y que me hacía aún más difícil bucear entre aquel mar de pies para hacerme con la prueba irrefutable de mi falta de civismo, según aquel asesino visual me señaló. Opté por ignorar el delito y procurar que el caramelo aliviase mi ahogo, al principio sin fortuna, al cabo de unos minutos eternos en que me sentí tan observada como a quienes divisábamos sobre la tribuna, aunque por tan diferentes motivos, comenzó a surtir efecto. Pero pronto al malestar de mis dedos viscosos se unió el malestar de mi garganta, en que empezaba a estorbar el resto del papel, humedecido y desprendido del caramelo, y que amenazaba con hacer de mi lengua un ovillo. Cambié de posición el caramelo cuadrangular: primero, pasándolo desde el fondo del paladar hacia delante, le hice ocupar toda la parte intermedia de la lengua; después, en vertical y en la parte media del paladar, me hizo mella en ésta; más tarde, en horizontal y de carrillo a carrillo, me ocupó casi todo el espacio de entrada de aire, ideal para quien mal respira (de nuevo el acceso de tos); y en cada colocación el ruido que dientes, labios, lengua y paladar hacían entre sí o con la saliva por fricción o explosión. ¡Qué vergüenza! Hay quien pereció porque se atragantó con un filete, pero morir por pudor, por evitar escupir lo que nos salvó de la tos en medio de tal concentración de buenas gentes no creo que se haya visto nunca. Debía sacarme los restos del envoltorio como fuese, pero las miradas escurridizas que provocaban los ruidillos solapados de mi boca me impedían el sencillo y procaz gesto de meterme índice y pulgar en ella, a la caza y captura de detritus inconfesables. ¿Cómo lo haría?

Con la rapidez y precisión de un saltimbanqui lisiado que acrecentaba su imposible agilidad con el peso de la bufonada del destino (caso vulgar, pero de tan vulgar tan obviado), conseguí situarme el caramelo con su medio envoltorio a rastras en el talud de las encías superiores con una suerte de malabarismos de labios y encías que no sabría describir. Con la protuberancia que tal vez explicaba mi demudada expresión facial, tras unas angustiosas horas, minutos, segundos de asfixia y vómitos contenidos, descansé unos momentos antes de reconcentrarme en la conferencia y en el CÓMO antes esbozado y dejado en suspenso. En seguida decidí mejorar mi posición porque el bolso empezaba a pesar más de lo acostumbrado y los efluvios cercanos, eau de axila, ante los que ya iba siendo demasiado condescendiente (más aún habida cuenta de que esas mismas personas no lo habían sido cuando sin querer no las dejé oír bien), estaban produciéndome un mareo adormecedor en detrimento de mi atención y en favor de la integridad de mi pituitaria. Así que observé mi radio de acción, mi burbuja escasamente personal y plegándome sobre mí misma con una capacidad contorsionista de la que no me creía capaz me senté en el suelo. Ya desde el principio en el ala derecho que corría paralelo a la pared del otro extremo e, incluso, por los escalones de acceso a la tribuna la gente se había sentado en el suelo; pero aquí fui yo la primera, que no la última, porque poco a poco cada vez más imitadores  preferían atemperar el cansancio de su columna y de sus miembros a entrever malamente por las rendijas el rostro y los ademanes de la voz que les llegaba.

En cuanto me senté resolví el cómo, sin darles tiempo -a quienes como un parapeto me tapaban- a ver lo que hacía cuando agaché la cabeza y me tapé el rostro con las manos. Con disimulo, quizá con la izquierda velando la estratagema de la derecha, se hizo ésta con el estorbo, apenas ya papel que acrecentó la pella hecha antes con el envoltorio rugoso y que había guardado en el bolsillo pequeñito, el de las monedas, del pantalón. Entró un nuevo espectador y mi gozo en un pozo, porque se apostó a mi lado y su pie derecho parecía apuntarme como una pistola de queso picón. Sentada no había hecho buen cambio: del olor axilar al hedor de unos zapatos nunca secos de la humedad que rezumaban sus inquilinos. Si algo odio en esta vida (aparte de la hipocresía), es el olor a pies y el que se anden en las narices, perdón por mi confesión escatológica, que lo es en el más lato sentido de la palabra, puesto que declara mi aversión a algunas de las humanas efusiones y mi temor a que un dios osado y vacilón nos haga vivir en este mundo sin un sentido último mayor que el de que participemos de asquerosidades varias, que no por ser comunes deberían ser menos privativas, ¿vivir para morir después de haber olido una ventosidad, sudores axilares o pedestres?

A punto de sofocarme un nuevo ataque de tos cercano al vómito, procuré hacer de tripas corazón volviendo la cabeza hacia el punto de mira más lejano a aquellos pies y que no coincidía con el lugar desde el que me llegaba la voz. Pensé en alguna forma de exterminio de los que así azotaban al resto de la humanidad. Le escuché entonces hablar al ponente de la tolerancia, y me sentí ínfima por mi contraataque visceral contra las de la cola y por mis meditaciones homicidas contra el hedorífero-pedis. En el fondo, todos somos algo nacionalistas, nos movemos por sentimientos tribales que nos aúnan con nuestro club deportivo frente al contrario, en nuestra ciudad frente a la de al lado, en nuestro país frente a los del continente en que nos encontramos. Si un día llegasen ciertamente los extraterrestres, todos los terrestres formaríamos filas frente a los nuevos intrusos. De esa forma me vino a la cabeza la polémica que mantuvo el joven Partido Nacionaliegu Cántabru, adalid de una Cantabria cuasi nación y en la que perviviría la lengua romance primigenia, de la que se habría originado el castellano o español actual. Entiendo el valor filológico de las filiaciones y parentescos idiomáticos, pero no comprendo ese afán por la supremacía lingüística que convierte un habla local en dialecto o éste en lengua, sin más consideración que la de que se sigue hablando. ¿No depende cómo se denomina de extensión, de la cantidad de hablantes que se sirven de ella, de la literatura a la que dio pie, y de tantas otras razones que se hacen difíciles de enumerar? Quienes imponen su lengua como un arma cargado únicamente de pasado, ya que incluso han de reglarla antes de enseñarla porque fue olvidada en su propio terruño, a veces caen en el error de cambiar lo folklórico por lo oportunista…

Sus últimas palabras acerca de la “belleza de la palabra palabra” fueron refrendadas y acalladas por un aplauso que le impidió terminar el discurso. Sentí lástima porque se acababa, porque mi expectativa no había obtenido el fruto esperado y mi atención había sobrevolado las mismas nubes en que se extravían tantos escolares, y ¡sobre todo! porque tampoco a él los fanáticos –que habían ido irrumpiendo en mi magín- le habían permitido dar forma a su conclusión. Claro está que está claro: también la Cultura tiene sus accesos restringidos.

 

TORMENTA INESPERADA

Suena el céfiro como las alas batientes de un murciélago y se arremolina el cabello en el sopor nocturno e incierto. Trae la brisa recuerdos: el olor de los muelles de herrumbre y de pescado, de las redes musgosas, de los cestos con cebos…

El sabor de esta noche es límpido y azul, turquesa, diamantino. Tiene el tacto del noray de los atraques y el aroma y el griterío de las lonjas de los puertos. De repente, brinca un relámpago: una tormenta galopa a la grupa de un trueno y un rayo tasca sus espuelas. El cosquilleo húmedo, el paladar salobre, afinan los sentidos… Huele a mar y a lluvia alborotadas. A peligro. A deseos.

La piel se deja seducir por el cosquilleo de las gotas, añora las caricias añejas en el Barrio Pesquero de su infancia, escondidos los cuerpos en algún bote atracado y desierto en el que una simple loneta abrigaba el colchón de sus cuerpos anudados.

Arrecia el temporal y caen a raudales granizos del tamaño de garbanzos que garabatean en su cuerpo los trazos de la despedida en moviola por la que se pregunta desde entonces. Nunca supo por qué su amor se fue a la deriva. Nunca entenderá por qué una tarde veraniega reniega de sí misma y se otoñiza y por qué una noche otoñal anticipa una cruda e inclemente noche de invierno como aquella.

SOMBRA DE SÍ MISMA

 No sé por qué se empeñan en imaginarme enferma. En el hospital insinúan que los vómitos son provocados. No entienden mi afán compulsivo por comer. Esos atracones me producen pesadez de estómago, una flatulencia insana, es el propio cuerpo el que se rebela contra el exceso de alimentación. De hecho, debo de pesar lo menos 83 kilos… Si serán analfabetos que les oigo que son “38 kilos, poco más podrá su cuerpo soportar”. ¿Produce su mente una imagen especular de mi realidad? ¿Es mi obsesión por no engordar la que refleja del revés su realidad distorsionada? ¡Me siento tan etérea tras…! A ver si van a tener razón. Me siento tan sumamente débil también. Ni siquiera puedo ya empecinarme en demostrarles la verdad (¿o será preferible llamarla mi verdad?). Apenas tengo humor para llevarles la contraria. Casi me doblego por no hablar. Les doy la razón mientras me jeringan con la vía parenteral. El suero, al parecer, se les hace insuficiente. Estoy tan cansada de explicarme, son tan reticentes, estoy tan cansada… tan cansada… que me daría igual morirme, aunque eso supusiera mi derrota, aunque dejarme ir fuera verificar su victoria… No tengo fuerzas… Me siento a la deriva… Me arrastra mi inapetencia…. Estoy tan tan cansada… Voy a cerrar los ojos para poder dormir…                       

 

LA ESCALERA DE LA VIDA

De pequeño aprendí qué significaba la llegada del otoño: la temperatura descendía, el sol se entretenía menos tiempo en nuestros lares, los listos pajarillos emigraban a tierras menos frías, se caían las hojas de los árboles y los nidos desiertos colgaban de sus esqueletos… De adolescente aprendí que dos días al año el falso cronómetro de las horas suspendía su labor sesenta minutos o, por el contrario, daba un acelerón hasta alcanzar la nueva franja horaria una hora antes. En esa época intuí que si la primavera la sangre altera, el otoño es la antesala del invierno, estación del letargo (monotonía de lluvia, viento y sueños pendiente del hilo que teje una perezosa araña ).

En mi juventud, ya había asimilado los cambios atmosféricos, ambientales e, incluso, los de mis ritmos circadianos. Y proseguí ignorando que cada otoño nuevo era un viejo año que se iba. Así llegué a esa tierra de nadie que llaman “mediana edad”, no sé si porque estás a medio camino entre el no-ser y el haber-sido o porque media mucha distancia entre lo que te propusiste cuando aún creías en las metas y lo que has conseguido o, tal vez, porque tu cuerpo -de vuelta de la culminación de su estatura- retrocede, y una chepa embrionaria acorta tu silueta y tus expectativas.

Decir que la vida es una escala cuyos peldaños ascendemos cada 365 días no es una novedad. La lástima es que uno ignora que el declive no comienza en el umbral del sótano, sino cuando, después de haber subido al último piso, al tejado no hay quien llegue… y hemos de respirar hondo porque el ascenso ha agotado nuestras reservas de aire, y hemos de aspirar en el rellano nuevas bocanadas de aire con el que irnos arrastrando para bajar al portal del que partimos, y adonde, seguramente, llegaremos sin más reservas que las de la grasa intactas y con las mismas ilusiones que ayer, tan incumplidas como nacieron. Mis adiposas espaldas cuarentonas sobrellevan el peso de la vida. Incluso la calvicie podría soportarla si alguien me hubiese enseñado de pequeño cómo combatir el frío sin el pelo. Pero he de ensayar una sonrisa: presumiblemente aún media media vida entre la mía y esa a la que aspiramos incitados por la tan cacareada esperanza de vida…

 

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6 comentarios

  1. Ella Fritze said,

    diciembre 4, 2011 a 8:43 pm

    I want to write an article on my website to share with people. How can I make sure that no one copies what I have written and claim it as their own? Is there some place where I can “register” my work so that I have proof that it’s my work and no one else will be able to claim it as theirs?.

  2. octubre 19, 2011 a 4:48 am

    Desconocía esta web, gracias por la información.

  3. Maena said,

    abril 13, 2010 a 9:47 pm

    Me ha gustado “Nubes… “. Esto se va poniendo interesante.
    los anteriores también; huelo ciertos toques de la prosa lírica de Juan Ramón J. Otro Nobel… (como el tuyo de la ponencia).

    • abril 14, 2010 a 9:38 pm

      Gracias por el comentario.
      Lo de JRJ es todo un halago (exagerado, por supuesto). Aunque tal vez sea pura casualidad, porque no es de mis autores favoritos pese a ser un Nobel.
      El Nobel de Nubes transitorias era Saramago. Y aunque haya intentado darle un vuelco humorístico, ocurrió casi tal y como escribí. No me ahogué de milagro y estaba atestado.


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