ACOGIDA SÍ, GUERRA NO

El viernes 30 de junio, bajo una lluvia de escándalo que parecía refrendar que no es justo lo que muchas personas sufren, nos reunimos personas que creemos que merece la pena la lucha incruenta contra la sinrazón feroz y la palabra y la música contra las pateras, las mafias y las balas. Aquí os dejo el poema que escribí para el acto:

 

Soy solo un emigrante que su país echó.

Me miran, y ven en mí un peligro.

Me miran, y ven en mí un mendigo.

Me miran, y no me ven.

 

Solo observan qué me falta,

qué me sobra, qué me hace distinto

de ellos, de su grupo, de su estatus.

Soy el cero a la izquierda del progreso.

 

No recuerdo el país en que apenas me crié.

No hay entre mis pertenencias

ni Biblia ni Torá ni Corán

ni palabra de Dios único

que mis decisiones dicte ni mis males sane.

Y carezco de espejo que muestre mi color.

 

La Convención de Ginebra es un papel mojado,

como mi propia ropa, como mis propios pies,

como esta tienda de campaña desvencijada.

Prestadas incluso la humedad y la intemperie.

 

En mi hermana hincó el dolor sus garras,

mujer en lugar equivocado.

Un amigo homosexual y un primo albino

se ganaron cárcel, tortura y expulsión.

 

Pusimos rumbo como quien tiene alas.

hacia otro continente sin guerras, sin hambrunas.

Somos los desechados de toda dictadura:

marginación, pobreza, violencia y corrupción.

 

No hay guerra más penosa que este sufrir diario.

El derecho de asilo internacional no prevalece

cuando cada Estado impone su derecho propio.

Las cuotas no se cumplen y los conflictos siguen.

 

ACNUR es tan longevo como un abuelo apátrida.

Los protocolos toman forma de estigma y

son los países pobres de Asia y África

quienes nos abren sus puertas y sus manos.

 

Mi asilo es inhumano. La ONU me celebra:

nos cantan, nos recitan, nos numeran. Yo callo.

La utopía es un piercing pomposo y gangrenado.

 

Nos registran, nos asientan, nos estancan,

como reses marcadas al fuego por el hierro.

Retornamos de la nada al inframundo,

ejército de indigentes del tamaño

de cualquiera de los países que nos niegan.

Que la mitad sean niños ¿a quién le importa?

El derecho arroja a quien acoge

a pozos sin fondos, sin sosiego.

¿Quién obliga a conceder asilo?

Los artículos de las Convenciones son solo

eso: cifras sin cara, pasos en falso,

falsas soluciones y el estupor hecho carne.

 

Pero oigo voces a veces en la calle

que parecen amigas.

Son ellas quienes quieren abordar mis males,

derrotarlos.

Esas voces importunan mis fantasmas,

me hacen creer. ¿Tendremos algún futuro aquí?

 

Las fronteras son una línea

en el horizonte de las aspiraciones.

Y nos desplazamos en hileras tan ligeras

que el horizonte nos hace vulnerables

con su férrea férrea lejanía.