MEMORIAS DE UN LOCO DE FLAUBERT

Memorias de un loco, de Gustave Flaubert, en mi opinión, es un libro que resulta irregular por la variable calidad de los pensamientos y fragmentos de que se compone y duro por lo pesimista y descreído del sentir del protagonista. Sin embargo, merece la pena como un ejemplo del sufrimiento psicológico que un hombre aquejado de hiperestesia padece. Es una novelita psicológica -¿o un pequeño ensayo? por su mínima acción y su abundancia en digresiones- sobre sentimientos y temas que la mayoría nos hemos planteado alguna vez.

Pero ¡ojo!, no es un libro apto para depresivos. Sus temas abarcan la nada, la muerte, el infinito, el hastío, la desesperanza, el vacío inconmensurable, la duda, la amargura, las grandes ideas infravaloradas, el escaso aprecio que sufre algún alumno en clase, el primer amor y hacia una mujer casada (María), la moral, el arte, la verdadera falta de libertad…

Algunas citas memorables son:

  • De la duda de Dios llegué a la duda de la virtud, frágil idea que cada siglo ha levantado como ha podido sobre los cimientos de las leyes, aún más vacilantes.
  • Hay cosas insignificantes que me han impresionado mucho y que guardaré siempre como la marca de un hierro al rojo, aunque sean banales y tontas.
  • mi dolor es amargo, mi tristeza profunda, / y estoy sepultado en ella como un hombre en su tumba.
  • ¡El arte!, ¡el arte!, ¡qué vanidad más hermosa!
  • La duda es la muerte para las almas; es una lepra que afecta a las razas desgastadas, una enfermedad que proviene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; ¿quizá sea la razón misma?
  • ¿Libre, tu? Desde que naciste te sometiste a todas las debilidades paternas; recibes, con el día, la simiente de todos tus vicios, de tu estupidez, incluso, de todo lo que te hará juzgar al mundo, a ti mismo, a todo lo que te rodea, según ese rasero, esa medida que tienes en ti. Naciste con una mente estrecha, con ideas ya hechas, o que te harán, sobre el bien y sobre el mal. Te dirán que hay que amar al padre y cuidarle en su ancianidad: harás lo uno y lo otro, y no necesitabas que te lo enseñaran ¿verdad?, esa es una virtud innata como la necesidad de comer; mientras que, justo detrás de la montaña en la que naciste, enseñarán a tu hermano a matar a su padre cuando se haga viejo, y él le matará, pues eso, piensa él, es natural, y no necesitaban enseñárselo. Te educarán diciéndote que hay que evitar amar con amor carnal a tu hermana o a tu madre, mientras que tú provienes como todos los hombres, de un incesto, pues el primer hombre y la primera mujer, así como sus hijos, eran hermanos y hermanas; y, mientras, el sol se pone sobre otros pueblos que miran el incesto como una virtud y el fratricidio como un deber. ¿Eres libre de los principios según los cuales gobernarás tu conducta? ¿Eres tú el que preside tu educación? ¿Eres tú el que ha querido nacer con un carácter feliz o triste, tísico o robusto, dulce o malvado, moral o vicioso?
  • ¿Eres libre de tu pensamiento?, mil cadenas te retienen, mil agujas te empujan, mil obstáculos te detienen. Ves a un hombre por primera vez, uno de sus rasgos te choca, y toda tu vida sentirás aversión por ese hombre, que quizá te habría gustado si tuviera la nariz menos gruesa. Tienes el estómago mal, y eres brutal con el mismo al que, en otra ocasión, habrías  acogido con amabilidad. Y de todos estos hechos se desprenden o se encadenan, con la misma fatalidad, otras series de hechos, de los que otros derivarán a su vez.
  • ¿Comprendes siquiera tú el valor de las palabras de las que te sirves… extensión, espacio? Son más vastas que tú y que todo tu globo.
  • eres grande y te mueres, como el perro y la hormiga, con más pena que ellos.
  • ¡Grandeza de polvo!, ¡majestad de vacío!
  • !Pobre debilidad humana!, con tus palabras, tus lenguas, tus sonidos, hablas y balbuceas; defines a Dios, el cielo y la tierra, la química y la filosofía, y no puedes expresar, con tu lengua, toda la alegría que te causa una mujer desnuda… ¡o un bizcocho!
  • ¡Adiós!, llegarán otras pasiones, quizá te olvide, pero permanecerás siempre en el fondo de mi corazón, pues el corazón es una tierra que cada pasión conmueve, remueve y trabaja sobre las ruinas de las demás. ¡Adiós!
  • ¡Oh, campanas!, así que sonaréis en mi muerte y, un minuto después, por un bautismo; sois, por tanto, una burla como todo el resto, y una mentira como la vida, de la que anunciáis todas las fases: el bautismo, la boda, la muerte. ¡Pobre bronce, perdido y oculto en medio  de los aires, con lo bien que serviría como lava ardiente en un campo de batalla, o para herrar los caballos!

Esta cita es un perfecto broche para cerrar el libro. Y esta mínima reseña. En cualquier caso, ABSTENERSE DEPRESIVOS.

LA FELICIDAD CONYUGAL

La felicidad conyugal

La felicidad conyugal, novelita escrita por León Tolstói a mediados del siglo XIX, se centra en las vivencias de una muchacha huérfana que descubre en el primer amor lo que cree el amor verdadero, basado en un proyecto de vida en común y en la expresión diáfana de los sentimientos implicados en su relación. Pero el devenir trae lo imprevisto para el novato, y no hay consejo que valga aunque para quien está de vuelta lo que ha de acontecer sea previsible.

Todo amor tiene sus etapas y en la desigual edad de ambos surge el primer escollo, al que las necesidades sentimentales de cada uno añade unos altibajos que irremediablemente lleva a las dos partes de la pareja a replantearse si es el Amor con mayúsculas lo que entre sí se halla, aunque está escrita detalladamente desde la perspectiva de la mujer. Así asistimos a una narración en primera persona inserta en un largo monólogo de la protagonista, María Alexándrovna, una joven de 16 años que se enamora de su tutor, Serguéi Mijáilovich, bastantes años mayor, y del que oyó a su madre decir que era el tipo de hombre que cualquier mujer desearía como yerno.

Serguéi llega a la casa de campo de Pokróvskoye como administrador de la herencia de ella y su hermana menor. Al principio los paseos, la música al teclado del piano, las esperas… llenan la vida de la joven. Consumado el matrimonio, son felices en la casa de él, que comparten con su madre. Pero cuando se trasladan a San Petersburgo, cambia todo. María entra con buen pie en la vida de la alta sociedad, y su frivolidad da pie a los celos callados de su esposo y al progresivo deterioro de la relación, a pesar de la llegada de los hijos. Donde había una fluida y continua comunicación antes, ahora se asientan el silencio y los resquemores. Sin embargo, la honestidad de ambos les insta a confiarse y, como de todo se aprende y el tiempo que enerva es el mismo que amaina… se atisba la calma.

La novela se divide en dos partes: la del amor perfecto casi literario y la del despertar al desengaño y a la posterior recomposición de lo que se había roto. En ella, el brío de la juventud se contrapone a la serenidad de la madurez, el campo sencillo y tranquilo al boato de las fiestas y a la apariencia de la ciudad proclive a dinamitar lo esencial.

ALGUNAS CITAS INTERESANTES:

  • Lo que me rodeaba me había rodeado en silencio desde la infancia, pero bastó que él llegara para que todo lo que estaba a mi alrededor se soltara a hablar e irrumpiera en mi alma, colmándola de alegría.
  • Viví muchas cosas y ahora creo que hallé lo que se necesita para ser feliz. Felicidad familiar. Una vida aislada y tranquila en el campo, con la posibilidad de ser útil para quienes es fácil hacer el bien -la gente- y que no están acostumbrados a que se lo hagan. Y un trabajo que se espera sea de utilidad. Y el descanso, la naturaleza, libros, música, amar al prójimo. Ésa es mi idea de felicidad. Y sobre todo eso, tú como compañera; niños, quizás. ¿Qué más puede desear un hombre?
  • Lo peor para mí era que sentía cómo día tras día la rutina aherrojaba nuestra vida y le daba una forma determinada, cómo nuestro sentimiento perdía libertad al someterse al acompasado e impasible fluir del tiempo.
  • ¿Acaso se puede estar descontento de algo cuando se es tan feliz como soy yo? Resulta más fácil ceder que someter a los otros: hace mucho que me he convencido de esto, y no hay ninguna situación en la que no se pueda ser feliz.
  • Me parecía poco amar una vez conocida la felicidad de amarlo. Quería movimiento y no el fluir sosegado de la vida. Quería inquietudes, peligros y sacrificio en aras del sentimiento. Había un exceso de energía en mí que no encontraba su lugar en nuestra vida apacible.
  • La vida social no es el peor de los males. Lo que es feo y malo son los deseos irrealizables que esa vida mundana despierta.
  • ¡Acaso es posible no amar! ¡Sin amor no hay vida! Hacer de la vida una novela es lo único que vale la pena. Y mis novelas jamás se quedan inconclusas; ésta también la llevaré hasta el final (en boca del galán italiano que la pretende).

PARA REFLEXIONAR:

La protagonista –por primera vez una mujer en la obra de este autor- es una jovencísima mujer que, como en la vida real de Tolstói, está casada con un hombre maduro, y que también es huérfana como lo fue León desde su más tierna infancia. Igualmente ambos terminan viviendo en la tranquilidad rural. Es como si el autor proyectase lo que va a ser su vida con su futura mujer durante su noviazgo y a través de esta protagonista: enamoramiento, dificultades y sacrificios  maritales, reconversión en un matrimonio maduro que aprende a superar las fantasías iniciales…

La capacidad para diseccionar de forma realista la psicología humana hace de la narradora un personaje redondo, que evoluciona conforme avanza la lectura, y que sirve de sustento a los otros personajes femeninos a los que siempre estará ligada la grandeza de Tolstói (en Guerra y Paz o en Anna Karenina, por ejemplo).

Aunque el papel de la mujer de entonces (madre y esposa sacrificada a los gustos e intereses del esposo…) se halle alejado del prototipo actual, no deja de leerse la novela con ligereza, al tiempo que se comprueba el poso de verdad que la sustenta (pasión primera, ansia de libertad frente a la rutina, otra clase de amor capaz de perdurar). La amargura que sobreviene al desaparecer la pasión inicial da paso a un cierto conformismo amoroso, no menos verdadero en su serenidad y en su perseverancia por obligarse a permanecer juntos pese a sus diferencias porque les unen muchas más cosas que las que tal vez los separa. ¿Esta es la “felicidad conyugal”? ¿Nostalgia de un pasado irrecuperable? ¿Olvido del pesar de los altibajos sentimentales? Cada cual que se responda.

Pese al paso del tiempo y las diferencias culturales y de costumbres de lugares tan alejados geográficamente, es decir, guardando las distancias que vida y literatura imponen, empatizamos con la pareja. Cualquiera puede verse reflejado en una u otro y en sus reproches mutuos. Y todos reconocemos la hipocresía de los aduladores de salón y la falsedad que impera en la vida de la alta sociedad.

UNA CLARA RESEÑA encontramos en http://www.librosyliteratura.es/la-felicidad-conyugal.html:

La felicidad conyugal es una historia de amor, de cómo el amor nace de la pasión pero necesita abandonarla (o relegarla a un lugar menos protagonista) para mostrar su verdadera cara: la generosidad, la ternura y, en fin, la convivencia madura, serena y feliz.”

CURIOSA RESEÑA es la de http://lamedicinadetongoy.blogspot.com.es/2012/10/la-felicidad-conyugal-de-lev-tolstoi.html, que con sarcasmo resume, desmitifica La felicidad conyugal, además de compararla en los comentarios con la novela de Madame Bovary (con un Flaubert admirablemente oculto tras la objetividad, frente a un Tolstói que rezuma subjetividad en):

“Tolstoi reduce el sentir de la mujer a cuatro pulsiones demasiado básicas: inexperiencia, ilusión, obcecación y resignación. Lo coge una feminista y le parte las piernas. Pasar de puntillas por la maternidad creyendo que es poco más que besar las piernas rollizas de los infantes tampoco ayuda (no digamos ya el estoicismo ante la suegra, algo a todas luces impropio del ser humano).”

EXPIACIÓN

ExpiaciónExpiación es una novela psicológica que indaga sobre la culpa y la fantasía infantil, capaz de recrear un mundo paralelo.

Las coartadas de unos provocan mordazas -y no meros inconvenientes- en el amor de otros. Y la guerra (la II Guerra Mundial) se yergue como protagonista cuando se novela como trasfondo.

Briony Tallis es una niña de 13 años con una visión fantaseada del mundo que traslada a sus precoces escritos. En el verano de 1935, su enfado y su falsa interpretación de unos hechos que no reconoce aún cambiarán el curso de las vidas de su familia y un joven prometedor.

Apoyada por su prima, la supuesta “víctima”, una lolita que permite que tergiverse la realidad, acusa a Robbie Turner (enamorado de su hermana mayor, Cecilia) de un crimen que no ha cometido él.

Briony crece y traza una novela en la que relata su experiencia y la de sus allegados como una forma de expiación del crimen cometido. Pero su intención de reparar el mal causado se enfrenta a la imposibilidad de devolver el honor hecho trizas, del mismo modo que nada ni nadie consigue volver el tiempo atrás, sobre todo cuando es el mundo el que se desmorona en una guerra a escala gigantesca.

El dolor que supuso su equivocación puede hacernos sentir cercanos a la protagonista. En su reflejo vemos lo que a la gente de ley le espera cuando se da cuenta del daño causado. Escarmentar en cabeza ajena es muy difícil, pero quizá nos haga ser un poquito más cautos y que evitemos enjuiciar con ligereza… ¿Quién no ha sido alguna vez una Briony?

Este verano una buena opción de lectura o relectura sería esta novela.

Creo asimismo que merece la pena ver la película que sobre ella realizó en 2007 Joe Wright, aunque yo aún lo tengo pendiente.

DESLEIMIENTO, PREJUICIOS Y DESMEMORIA

La joven escocesa nacida en Irlanda del NorteMaggie O’Farrell  (1972), relata en su cuarta novela las detestables consecuencias de las convenciones sociales que se imponen a la búsqueda de la felicidad. Nada ni nadie debe contrariar los prejuicios de una clase inmovilista. Es La extraña desaparición de Esme Lennox la historia de Euphemia, Esme, una adolescente que, después de toda una vida, recobra la libertad convertida en una anciana que recuerda por qué sus padres –para quienes la felicidad era algo pecaminoso- la encerraron. Su ambición de ser feliz, decidir por sí misma a quien y cuándo amar es rechazada de pleno. Los castigos provocarán la incomprensión, y su falta de tacto para dejarse domeñar la empujarán a una aparente histeria, una neurosis que será la coartada perfecta para el encierro con el consentimiento médico: “Papá, por favor, papá no lo volveré a hacer más”. Así sus padres se deshicieron de la hija indómita. Nadie se arrepentirá del destierro impuesto, nadie le pedirá perdón, ni siquiera la persona en que más confiaba y que siempre había sido noble con ella.

La extraña desaparición de Esme Lennox  se sirve de una trama clásica, la de las  historias familiares  ocultas bajo siete cerrojos por el que dirán o para no dar rienda suelta a los remordimientos, con tintes de novela de intriga. Como en una mina a la que hay que descender para extraer el metal,  nos adentramos en los entresijos de unas relaciones fraternas tortuosas y unas crueles decisiones paternas que nos sugieren -remedando a Hobbes- que los parientes son lobos para los parientes… Cuando el hospital psiquiátrico de Cauldstone está a punto de cerrar, las autoridades comunican a Iris –una treintañera con una tienda de ropa- que alguien debe hacerse cargo de su tía abuela, internada sesenta y un años atrás en él. Iris desconocía su existencia, pero su curiosidad  por los motivos por los que fue recluida a los dieciséis años y por los que se encubre su historia ante el resto de la familia se sobreponen a su desconcierto.

Lo que parece una fiesta, dos chicas en un baile, salta de la diversión al drama de una anciana cuya frente se apoya en una reja de un manicomio.

En la novela, a los escenarios cerrados (la casa y tienda de Iris en Escocia, el hospital de Kitty y psiquiátrico de Esme) se une la atmósfera de Edimburgo, por donde pasean Alex e Iris, ésta y Esme… También aparecen planos narrativos que se entrecruzan y puntos de vista que debemos deducir a quiénes pertenecen: al tiempo real de Iris se suman los recuerdos del pasado de la propia protagonista junto a los más bien cronológicos que Esme rememora -aunque con ciertas lagunas- y los confusos y temporalmente desordenados de su hermana, la abuela Kitty, enferma de Alzheimer (que hemos de recolocar en su sitio adecuado por inferencias lectoras). Estos flash back pueden echar para atrás a los lectores habituados a que la sucesión de episodios relacionen las coordenadas espacio-temporales con lógica y en su orden natural. Así conocemos –a la par que Iris- de su infancia en la India y la temprana muerte del hermano de ambas ancianas, de su juventud en Escocia, del afecto convertido en rivalidad entre ambas, del rebelde carácter de Esme –el bicho raro– que no se amolda a las reglas de la alta burguesía en que vive y la llevará a la exclusión de entre los de su clase. Las revelaciones esconden un misterio.

Al conocer a Esme, Iris siente una necesidad de indagar en qué esconden los hechos, en el puzzle de los sentimientos, las traiciones, los secretos y la crueldad humana. Esto hace su lectura agradable, sin más. Sin embargo, no la creo recomendable para quien busque de verdad profundizar en las enmarañadas relaciones personales, en el poder destructivo de la mente, en la lábil salud mental, en las cortapisas de quienes se autoproclaman “normales” y se atreven a aislar a los diferentes. Más que de los peligros de la enfermedad mental trata de la inadaptación social que conlleva enclaustramientos inmerecidos.

El estilo es rápido, directo, fácil (pese a que el libro esté escrito como a varias voces). En ocasiones, los pensamientos perduran en silencios locuaces que desvelan algunos enredos familiares. Destaca su construcción de personajes creíbles, intensos y que nos emocionan y envuelven en sus monólogos; así como el poder evocador de sus palabras y sus onomatopeyas  (como el flic-flac de los naipes o el susurro del árbol, shshshs). De lo mejorcito de la novela es el poema de Emily Dickinson, cita con que se abre. Su magnetismo está fuera de duda:

Mucha locura es divina cordura/ para una mirada fugaz./ Mucha cordura, la más rematada locura./ En esto, como en todo,/ prevalece la mayoría./ Asiente, y te considerarán cuerdo./ Disiente, y de inmediato serás peligroso / y atado con cadenas. 

Con todo, resulta un libro previsible en el que lo que más destaca es la promesa que la sinopsis de la contraportada y ciertos fragmentos de las primeras páginas anuncian: una locura por indagar, el trauma de una violación y una saga tradicional que se rige por férreas normas.

En él se suceden los tópicos modernos: el del hombre casado con un lío al que promete abandonar a su esposa, el del amor entre hermanastros sin lazos de sangre. Y su desenlace nos deja con la sensación de cierre en falso, por lo esperado. No sólo dista de sorprendernos, sino que da la sensación de que han quedado innumerables cosas en el tintero (yo me pregunto por Kitty y su radical metamorfosis), sepultadas en la amnesia o la senilidad, y que lo que se ofrecía no es lo que se cosecha.

MI ENAMORAMIENTO

 

No puedo decir que haya leído de un tirón la novela que sucede a la saga o trilogía de Tu rostro mañana de Javier Marías, Los enamoramientos, pero si no lo he hecho ha sido por causas ajenas a mi voluntad… Una vez más me quito el sombrero ante su capacidad de análisis de la mente humana, de sus bajas pasiones y sus sutiles efervescencias; así como por su capacidad para ironizar sobre lo más sagrado y vulnerable (el amor, la amistad, la fidelidad, las relaciones humanas).

A pesar del exceso verbal (pensamientos que se repiten en la facundia de María Dolz, la narradora-protagonista; diálogos que incluyen otros diálogos imaginarios), hay ingredientes de esta magnífica novela psicológica (¿o sociológica?)  que atrapan desde la primera línea hasta la última: el misterio, la intriga, la pasión incontenible… Su moraleja no aturde (como en el caso de las antiguas novelas de tesis, tan aleccionadoras como si un padre le anduviera dando lecciones a su hijo), sino que se lee como un certero análisis que no enjuicia los hechos sino que rastrea los motivos y los dilemas a los que cada cual se enfrenta, sin rápidas suposiciones ni delatoras sentencias.

La novela se divide en tres partes. En la primera, sobre el pesar que la muerte de un ser querido causa antes de que el tiempo desdibuje sus contornos. En la segunda, María entra en el mundo de Luisa y conoce en el sentido bíblico a Javier, por el que se siente irremediablemente atraída, aunque él a su vez esté enamorado de la viuda (¡siempre la propiedad transitiva!). En la tercera, se produce la confesión de los hechos (o la simulación de unos que podrían diferir de la realidad). Por último, María se enfrenta a toda clase de dudas (dudas que acrecienta Ruibérriz y dos años largos después la visión de Luisa y Javier) antes de que se vaya atenuando su sentimiento de pérdida y complicidad indeseada.

En ella nos leemos como si nos descubriéramos, como si descorriésemos los visillos tras los que ocultamos -por pura hipocresía, timidez, ignorancia o egoísmo- nuestras carencias y deseos más callados, nuestras más íntimas emociones y nuestras dudas más lacerantes. Se nota que está a gusto en este registro. El título, que podría habernos hecho repudiarla como posible novelón romántico o metafísico, nos da cuenta del punto de partida de la obra. El amor como algo tan irracional como racional, sujeto a revanchas, ascensos a cimas y descenso a los infiernos, se sitúa en el claroscuro y nos aleja de la rotundidad de los que opinan que algo es legal o no, bueno o malo a priori y sin pararse a reflexionar sobre ello. Solo sé que no sé nada del interior y nada humano me es ajeno…

A partir de una anécdota trivial, Marías desencadena un ir y venir por los meandros de los móviles, los pretextos y lo inconfesable: su casi homónimo personaje, María, “la joven prudente” nos relata su asexuado enamoramiento inicial de “la pareja perfecta” (Luisa y Miguel Deverne), a la que ve día tras día en una cafetería en que acostumbran a desayunar, y su posterior enamoramiento (hasta las trancas por decirlo de forma clara) del amigo fiel de la familia Javier Díaz-Varela, cuando el marido ha sido asesinado de forma estúpida por un mendigo que no le conocía y su viuda sólo acierta a pensar que su muerte ha sido baldía y anticipada.

¿El amor justifica el delito? ¿Es irrefrenable? ¿El amor nos eleva hasta cotas cercanas a las de los héroes? ¿Se puede domeñar? ¿El amor nos hace insulsos para los que no se hallan en el mismo estado? ¿Son las feromonas que se atraen o se repelen las que lo causan? ¿Los celos no son más que la envidia pasada por el tamiz de un amor fraudulento? Lo que está claro es que nos ciega, nos ensordece, nos atrofia los sentidos en que no se ve reflejado.

El crimen calculado frente al asesinato fortuito va cobrando carta de naturaleza y atraerá a los forofos de la novela negra. Pero el poder de un sentimiento tan noble como el amor para abocar a ruindades atroces nos da indicio de nuestra pequeñez como héroes y nuestra futilidad como villanos sin conciencia. La obsesión, la impunidad de algunos delitos, la inconveniencia del regreso de aquellos a quienes se dio por muertos…

La verdad y la mentira, el ocultamiento y la doblez, el territorio de la duda y sus arenas movedizas son temas que parecen propios del cosmos de Marías, quien ya en Corazón tan blanco  instaba al lector a que se preguntase si debe el enamorado confesar al ser amado todo (hechos, pensamientos, percepciones, sentimientos) o conviene dejar un lugar para el secreto tanto por el bien propio como ajeno. Quizá nadie seamos únicamente el yo que mostramos o en el que nos ven, sino múltiples personalidades del caleidoscopio en que se enmaraña nuestra historia y nuestra variable personalidad.

La cita de Faulkner que tanto le gusta: “La literatura es una cerilla que se enciende de noche en mitad de un bosque” describe su estilo. No busca respuestas clarividentes, sino destellos en medio de la oscuridad amenazante que se cierne sobre nosotros. De ahí que recurra con frecuencia a la imposibilidad de conocer el fondo de cada cuestión, los motivos de cada ser, las razones de cada acción. Porque la literatura no cierra puertas, abre ventanas, airea el cerebro y siembra preguntas nuevas y nuevas dudas con su incierta ciencia imposibilitada para acotar -pese a la observación directa y el análisis- sus fenómenos, causas y efectos.

Por otra parte, hace también una crítica al mundo por el que él mismo se mueve, ya que María trabaja en una editorial, conoce las manías y molestas exigencias de los fatuos escritores y, “cansada de bregar con los escritores vivos” critica al plasta y engreído Garay Fontina, el “inminentísimo azote del Rey Carlos Gustavo”, que se cree (o hace creer) mejor de lo que es porque escribe mejor que como es (o, en el colmo de la autoestima, verdaderamente cree en su talento, y lo vende con una seguridad ante la que los ávidos de intelectuales llegan a creer que la extravagancia o la simpleza pueden ser meras poses de la profundidad del intelecto).

La descripción caricaturesca de Francisco Rico, de “tono desdeñoso” y “actitud entre indolente y mordaz”, con sentido del humor, labia encandiladora y mente analítica, no sólo ejemplifica esos supuestos entresijos sino que me recuerda el estilo –minucioso, impresionista- de los quince retratos literarios que el propio Javier Marías hace, en su atípica obra Miramientos, de autores de habla hispana a los que admira a partir de algunas fotografías suyas.

Díaz-Varela se regodea en pasajes literarios como los de la novelita de Balzac El coronel Chabert (curiosamente editada por Reino de Redonda) que ponen sobre aviso a narradora y lector. ¿Alivia que los que pensamos muertos no regresen de sus tumbas? 

Alude, además, el autor a obras clásicas que probablemente lo formaron, como la novela de Alejandro Dumas Los tres mosqueteros y al pasaje en que Athos se venga de la Condesa a la que amó. Amor y muerte, Eros y Thánatos, una vez más situados a un paso, a un error, a un dilema, en la frontera de los sentimientos.

¿Cómo estar seguro de nada a ciencia cierta? ¿Ni de los secretos del corazón? ¿Se puede matar por amor como antes se moría por él? Hacer caso omiso de la dura realidad, de la crudeza de verdades que se preferiría ignorar… ¿es perdonable? ¿Se puede olvidar lo que ya no se ignora? ¿Nos deja inermes una sinceridad mal entendida?

 

¡UNA GRAN OBRA! Y pensar que estuvo a punto de no publicarla porque creyó que no iba a interesar…

Otras opiniones: http://javiermariasblog.wordpress.com/2011/05/23/mas-resenas-de-los-enamoramientos/, http://blogs.peru21.pe/leeporgusto/2012/01/una-lectura-de-los-enamoramien.html, http://www.elplacerdelalectura.com/2011/05/los-enamoramientos-javier-marias.html, http://www.bibliofiloenmascarado.com/2012/01/10/resena-los-enamoramientos-de-javier-marias/.

A VUELTAS CON LOS ESPEJOS

El espejo de las aguas del río es obra de un autor burgalés, Juan Ramón Báez Tirado. Me pregunto si realmente es una novela en sesenta y ocho capítulos u otro género. En realidad, pasar pasa bien poco, y todo al hilo de unas reflexiones que interrumpen los hechos, discontinuos en el tiempo y con continuos flash back que aluden al aspecto cíclico de la existencia. El propio narrador, que defiende la duda como motor para andar el camino de la vida y se calza la ironía para sobrellevarlo, parece desdoblarse para revivir el pasado y conectarlo con su presente. Pero choca el enrevesamiento lingüístico, y un arsenal de máximas personales relegan la historia original y recrean los tópicos, aunque con ironía y grandes dosis de escepticismo.

Destaca el tema de la soledad en todas sus vertientes (íntima, existencial y social, pero al mismo tiempo como fuente de libertad; así como la que es fruto del vacío vacacional). Pero también incide en los de la guerra, el olvido y el paso del tiempo (que nada borra), la muerte (de Esther, su primer amor, muerta en un accidente de moto; de Eduardo en 1986, de su hija Anita en 1997) y los cementerios, junto al sentimiento paradójico de permanencia de los seres inertes, los sueños y las pesadillas, la esencia y la apariencia, la hipocresía, el exilio, la cultura y el lenguaje, la estulticia, la venganza y la locura, la docencia, el agua que toma todas sus formas y simbolismos (lluvia, río, lágrimas), las mujeres y el amor (Esther, Marta, Irene y Anita, Rosa, Carmen)…

Y se deja seducir por los tópicos, aunque a veces les dé otra vuelta de tuerca: la estación del otoño y el otoño de la vida, el “pensamiento enjaulado” que la televisión y los “doctos del sentido común” imponen para anular al individuo como droga moderna, de ahí el deporte nacional de hacer tertulias superficiales y dejarse llevar por la voz contagiosa de la manada; los rumores que se acrecientan como el caudal de un río tras la tormenta, el lenguaje “neojeroglífico” de los jóvenes…

El narrador conoce a Eduardo (eje de la historia de amor inconclusa que remite a la Guerra Civil española y sus atrocidades) en septiembre de 1985 en un pueblo abandonado –Valdediós- cerca de Valdemar y Ciudad (así, sin nombre propio distinto del común, ciudad de origen donde el narrador hallará tiempo para escribir). Con él descubre el placer del ajedrez y la conversación confidencial con esa alma gemela que solemos encontrar en algunos desconocidos. De él hereda un cuaderno y un almanaque que le permitirán seguir la pista de su existencia. El asesinato de Ricardo en 1940 y la búsqueda de los restos de Michelle.

Algún episodio como el de Sara y Carlos (el de la tienda de frutos secos) o el hiperbólico y caricaturesco de la cesta de Navidad y la avaricia en su centro educativo resulta gracioso, aunque éste último en mi opinión poco real (cap. XXIV). El capítulo de las jugadas de ajedrez que representan la partida en que se da el “Sacrificio Inmortal”, a la que llega gracias a las anotaciones de la libreta y que resulta clave para hallar la ubicación de la “casa en lo alto”, quizá haga las delicias de los entendidos, pero a mí me pareció farragoso y sintetizable. En general, las infinitas digresiones le dan un ritmo lento y en ocasiones tedioso, que se contrarrestan con aleatorios juegos de palabras de muy diferente traza.

Continuas son sus referencias pictóricas, escultóricas, literarias: el Apolo sauróctono de Praxíteles, Alfred Sisley, Fin de partida de Beckett, Poussin, Monet, el tenebrismo de Caravaggio, Hunt, Friedrich… Pero se excede en recovecos, y entre tantos incisos y circunloquios decrece el interés por la trama. De hecho, tanta digresión, que deja constancia del trabajo (profesor de Geografía e Historia) y posiblemente de la ideología de su autor, transmutado en el narrador, resulta con frecuencia disuasoria y convierte la historia en una promesa disuelta entre los retazos de unas memorias ficticias, a veces difuminadas en un monólogo interior rayano en una corriente de conciencia y con un estilo nominal plagado de infinitas enumeraciones y a caballo entre lo conversacional y lo artificioso.  

Dicho esto, El espejo… tiene momentos de hondura e intriga. Y citas para exportar:

  • La estupidez como arma ideológica de destrucción masiva.
  • Lo que cuesta vivir, y, lo que es morir, se muere de cualquier manera.
  • La muerte no se encuentra cuando se busca sino cuando se presenta.
  • En la desesperación confundimos todo (…) echando raíces en las personas menos adecuadas.
  • Turbulencias fruto del roce entre miedos y esperanzas.
  • Me habré ido en silencio, con mis dudas, sin certeza alguna, harto de las ajenas.
  • No soporto que cuenten a terceros lo que solo en su contexto he dicho, que interpreten los intermediarios mi sonrisa o cualquier gesto o que finjan que les importo cuando con los ojos me están diciendo lo contrario.
  • Convertimos el pasado en un traje a medida.
  • Con música los más sencillos ripios se hacen poesía; sin ella, solemne estupidez.
  • En cualquier otro empleo, puedes ser uno más, no te sientes especialmente observado; en la enseñanza, todos los ojos están pendientes de ti, de lo que haces, de lo que dices. Siempre es un reto, cada clase, cada explicación; tienes que volver sobre lo mismo una y otra vez, con entusiasmo, con claridad, eligiendo las palabras.
  • Cuanto más acaloradamente defendemos algo, menos consistencia tiene; de otro modo, la fuerza de lo evidente bastaría como defensa.
  • La alegría no es muy creativa, lleva a la autocomplacencia.
  • El desarraigo es el estado de ánimo ideal, si bien, es caminar por el filo de la navaja.
  • La imbecilidad no es fácil, sólo los elegidos la alcanzan y perfeccionan.
  • Cuando el dolor se convierte en el centro de tu mundo hasta las palabras se impregnan de él, haciéndose espesas, formando coágulos, no hay margen para el movimiento, todo se colapsa, la sombra tiñe lo que ves y lo recordado, apenas hay colores…
  • Qué bien explican cómo hacer las cosas quienes nunca hacen nada.
  • La cultura es el mundo en que los patios se convierten en claustros.
  • Muy poco margen nos queda en cada cruce de caminos, y la libertad no puede consistir en poder elegir entre varias opciones; su fundamento tiene que estar en las propias cosas que elegimos. Como señalaba Marcuse, decir quién queremos que sea el jefe para el que trabajaremos como esclavos, no elimina la esclavitud.
  • La soledad como liberación, nadie por quien llorar, nada que perder, nada que puedas echar de menos…

LO QUE ME QUEDA POR VIVIR

 

Elvira Lindo parece desnudarnos su corazón en Lo que me queda por vivir, novela en que la narradora expone cómo fue una niña alegre, con suerte y práctica, lo que en su juventud le hace cambiar de trabajo sin miedo al fracaso laboral, y cómo cae en una época de profundo desasosiego y desarraigo del que sólo la salva su hijo. 

Esta novela trata sobre todo de la confusión de una persona. En ella se narra la hitoria de una mujer que, desde la madurez, mira hacia el pasado y el modo en que no supo afrontar aquel presente, alguien sin ideas claras pero que supo abrirse camino en el mundo laboral. A esta mujer llegamos a conocerla de forma casi íntima, como si nos la acercase una cámara y en un primer plano emotivo y sincero intentase congraciarse consigo misma y su pasado, aunque apenas sepamos cómo se llama (Antonia, según leo atrás y no recuerdo haber leído).

A modo de memoria apócrifa de la autora (por varios medios -radio, televisión, prensa- ha pasado en su juventud la propia Elvira Lindo, quien trabajó en Radio Nacional o en la Ser y ha sido guionista para la televisión; el que envíe al final a la protagonista a Nueva York, como las largas temporadas que pasa ella en la ciudad norteamericana, puede ser más cómodo que autobiográfico), su novela testimonia los oscuros años de caída y recaída de la protagonista en unos lazos infatigables de amor y desamor, cuando su hijo contaba cuatro años, al tiempo que reviste la trama con saltos al pasado y al futuro de la joven madre, separada en los años de la movida madrileña y locutora de radio.

Su vida es la de una mujer corriente. En las andanzas que rememora de su infancia y su juventud, como los días que pasaban en el pueblo de sus antepasados junto a su tía Celia (defensora como una nueva Tía Tula), la amistad con Marisol o la militancia de su hermano mayor (de la que se fue empapando más como conciencia social difusa que como ideología), no hallamos nada que se salga de lo normal; ni siquiera la pérdida temprana de su madre.

Rasgos del carácter de la protagonista y narradora -aun cuando es capaz de quedar con su rival, Marga- son la inercia, el dejarse llevar por lo malo conocido antes que por lo bueno por conocer, el jugar a experimentar amores y relaciones sexuales sin demasiado compromiso. Su voz con el paso de las páginas se nos hace familiar, y su hijo se convierte en una grata presencia constante, admirable y protector. La ternura, la culpa  adobada con cierta autocompasión y derrotismo, los errores y fracasos, así como sus incertidumbres se convierten en coprotagonistas de la obra.

Se trata de una novela realista y psicológica en que el individuo (en este caso una chica) se erige en representante de una parte de la sociedad. El que la protagonice una mujer de 26 años ni la convierte a mis ojos en una novela feminista ni sentimentaloide y no me ha echado para delante ni para atrás en su lectura.

Sin embargo, sí ha habido algo que me la he hecho un tanto cuesta arriba: las digresiones de ese incesante no pasar nada. El tono sentimental, aliñado con las anécdotas cotidianas que cualquiera podríamos haber experimentado, nos hace sentir la ansiedad del disco rayado, y lo que se nos presenta como una novela intimista contenida acaba pareciendo una incontenible sucesión de pesares y dudas que no alcanzan la altura intelectual de las novelas de tesis ni nos perfila con profundidad los entresijos de un ser humano, que no ha encontrado el quiz del interés ni la varita del enganche del lector. A mí que admiré su Mi otro barrio, me ha resultado pesada, y no porque carezca de un argumento al uso, sino porque desborda la paciencia de quien busca hechos y razones profundas para justificar las propias acciones y reacciones, y porque lo oculto no trasciende y lo velado no está a la altura de lo contado. Por todo ello, en mi opinión, deja un regusto agridulce y este “viaje interior”, transitado a diario, no nos sorprende (conflictos generacionales, ideologías que nos vienen grandes, relaciones amistosas, comidas familiares, maternidad en solitario, la celeridad del mundo del trabajo que repone personal antes de expulsarlo…).

PEQUEÑAS RESEÑAS PARA UNA POSIBLE BIBLIOTECA

Comienzo la labor de reseñar, desde esta atalaya cibernética en que me he embarcado, con un afán virginal y primerizo y un denonado esfuerzo con los que suplir mi desconocimiento del medio.

No esperéis que estén todos los libros que sean -ni sean todos los que están- obras maestras de indiscutible lectura. Sólo son una propuesta de lectura de aquellos que más me han  gustado de entre los que han caído en mis manos en la época en que comienzo este blog. Si os apetece, podéis opinar sobre lo que os parezcan a vosotros.

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE de MARK HADDON

Esta entretenida y original novela, planteada a modo de novela policiaca, se lee de un tirón. El asesinato de un perro será el detonante para que el adolescente y narrador-protagonista, Christopher, nos ayude a indagar en la naturaleza humana, con la que é debe enfrentarse aunque le resulta totalmente ajena. Él, que parece sufrir el síndrome de Asperger, un trastorno relacionado con el autismo,  es un apasionado de la lógica y las matemáticas, gracias a las cuales se mueve en el mundo de lo predecible y de lo rítmico. Odia el contacto físico, hablar con los extraños, las mentiras y las metáforas; no entiende los chistes, ni reconoce las emociones en los rostros y se crea sus propias reglas rayanas en la obsesión (ver pasar cinco coches rojos seguidos significa un día super bueno; sin embargo, si son cuatro coches amarillos seguidos significan un día negro; no come nada que sea marrón o amarillo). Pero es capaz de elaborar complicadísimas demostraciones matemáticas y alterar a sus padres que sin él se sienten perdidos y con él azorados y presos…

  

LOS AMANTES TRISTES  DE BEATRIZ RICO

O cuando tres son multitud y hay que decidir entre herir o ser herida, traicionar o tirar la toalla. Novela corta de lenguaje y tramas sencillas pero de gran profundidad, que tiene por protagonistas a los tres vértices de un triángulo amoroso formado por Antonio, un joven músico español instalado en París, el excéntrico Jean Charles y la arrebatadora y pasional Ofélie. La novela se sumerge en los entresijos del amor, la esperanza, la locura, la amargura, las relaciones familiares y la soledad. Y late la crítica contra los prejuicios sociales: “Hay países enteros de locos y no los encierran. Países en que la gente lleva pistolas y tiene miedo a salir a la calle. A quien no tuviese miedo, lo encerrarían. El secreto está en estar igual de loco que todo el mundo, ni más ni menos”.

OASIS (1943)

Obra de José Ángel Buesa, autor del siglo XX, ha sido uno de los libros más vendidos en su tierra natal, Cuba. Su popularidad bien puede atribuirse a la facilidzad con que rastrea en los sentimientos humanos, al romanticismo moderno de que hace gala, a la claridad de su mensaje y la maestría de su metro (p. ej, en los sonetos). Este poeta, apenas conocido desgraciadamente en España, emana autenticidad, al tiempo que desprende pasión y comprensión hacia el prójimo, aunque en ocasiones sea su rival (Canción para la esposa ajena, Poema de la Culpa, Poema del Renunciamiento, Poema del Amor ajeno) y porque subyace en él siempre un poso de misericordia, de confraternización y optimismo. Es una delicia leerlo. Su musicalidad se paladea. Y su mensaje se nos hace entrañable y cercano.

LA ELEGANCIA DEL ERIZO

Como el propio título indica, este libro desvela el engaño de las apariencias por más que los prejuicios las respalden. Con esta novela, la joven Muriel Barbery ha conseguido mucho más que un best seller en 2007, ha entrado por la puerta grande en le historia de la literatura, porque esta obra está destinada a perdurar. Perdurará por lo original de la trama (a veces un poco increíble), la hondura de su crítica hacia todo atisbo de clasismo, la ligereza de su filosofía (su verdadera profesión), el humor que late en sus páginas a pesar de la tragedia y la profundidad de alguno de sus personajes, por ejemplo el de la portera del número 7 de la calle Grenelle en París, Reneé (extraído de su primera novela: Una golosina). En este espacio cerrado –que no por ello llega a ser en ningún momento asfixiante para el lector, conviven la madurez y la infancia malgastadas en los papeles de dos solitarias: Paloma, una niña demasiado avispada para su edad, y Reneé, la portera culta de apariencia vulgar y travestida de semi analfabeta. Su amistad no sólo les brinda un pasaporte hacia la felicidad, sino un sentido a sus respectivos secretos, y las redime de la dificultad para entablar verdaderas relaciones humanas.

Queda el regusto de lo bien hecho. Y el deseo soterrado de que el final abierto que planea sobre la decisión tal vez aplazada de Paloma y sobre la reacción del nuevo inquilino de pie a una nueva novela.

  

LA SOLEDAD DE LOS NÚMEROS PRIMOS

Esta novela, ópera prima del joven físico Paolo Giordano y cuyo título supone toda una metáfora de la historia que cuenta, (Salamandra 2009) ha sido un fenómeno editorial en Italia. En ella, Mattia siente en su propia piel la existencia de los “números primos gemelos” de que hablan los matemáticos (números primos consecutivos, como el 11 y el 13, que estando casi juntos nunca se tocan porque media entre ellos un número par). Su número primo gemelo es Alice. Él es probablemente un Aspergen y lleva una culpa  a rastras que lo lacera por un episodio de la infancia. Ella, otrora una promesa del esquí, vivió -fruto de la presión paterna y la vergüenza por su enuresis- el truncamiento de su carrera tras un “accidente” que no le dejará la pierna en condiciones de competir más. Con tales mimbres, Giordano se atreve a adentrarse en la soledad en pareja y las rémoras de una infancia rota. Entre uno y otro, como si fuera el 12 en discordia, surgen la sombra de su hermana y el médico, espejismos y desencuentros. Cada uno somatiza a su modo (compulsión de las manos secas y su autoflagelación, trastornos alimenticios) esa imposibilidad para superar su íntima soledad. Los lectores empatizamos con los seres incapaces de satisfacer la necesidad humana de complementarse, auque el problema matemático que saca a la luz el autor ( o precisamente por ello) no parezca tener solución.

Y sin embargo… el final falsamente cerrado desmerece el conjunto de la obra, como si el autor hubiera tenido prisa por acabarla o se le hubieran acabado las ideas; el desenlace no está a la altura del magnífico planteamiento, y la complejidad de los protagonistas no casa bien con la simplicidad de los actos que acometen.

De cualquier forma, un comienzo por todo lo grande para un autor novel.