POEMA A UNA MADRE, A TODAS LAS MADRES

¿Quién no ha perdido a un ser que le llenaba? Llegados a una edad, todas las historias empiezan a tener menos puntos suspensivos y más epitafios en la memoria.

Con este poema rindo homenaje a una madre concreta y a todas las madres (madres de amigos, de familiares, de desconocidos). A ese ser que aprecia la vida porque dio a luz una nueva, que sabe lo que un hijo necesita antes de que este se rinda y se lo descubra. A esa mujer que es capaz de dar lo que no tiene y recibir lo que no quiere. A tu madre, a mi madre y a todas las madres de todos los países, lenguas y religiones del mundo. Porque ser madre es alentar vida, ¿y qué mejor espíritu de la no violencia?

Madre e hijo de Blommers

¿Lloras porque te ha dejado?

Respira hondo y observa

todo cuanto no ha llevado

para dejároslo aquí.

 

Algún libro, una revista,

las fotos de la familia,

sus cremas quizá, o una sortija

con su historia peculiar,

las notas y las postales

de los viajes escolares

y otros muchísimos más

y, sobre todo, mil palabras,

consejos que no tienen precio,

algún merecido castigo

que os levantó antes de tiempo

y unas infinitas risas

siempre prestas a estallar.

 

Esas son sus carcajadas y

sus grandes palabras tenues,

que acarician vuestras sienes.

Andan sueltas por los lares

familiares y en vuestros oídos

resuenan cual músicas celestiales.

 

Está aquí, ¿no la sientes?

Su pulso alienta tus manos

con caricias que no pesan

y sus ojillos febriles,

aunque la veas demacrada,

suspiran para hacerse oír

en un lugar tan profundo

que se llama corazón.

 

Esta simple despedida

es un mero hasta luego,

cuando hermosos, sin achaques,

sin dudas ni resquemores,

todos nos reencontremos

allá, al final de este paseo:

en el expectante cielo.

 

Está feliz, os sonríe,

con su destino cumplido:

ha forjado una familia

de sencillez ejemplar.

Ya descansa y os vigila

desde el cielo maternal.

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